26.2.03

Parecía que se iba a inundar la ciudad. Llovía y llovía y no paraba de llover. El cielo era gris, las nubes eran grises y las personas grises se movían rápidas bajo sus paraguas y entres los charcos. Parecía que no iba a parara nunca. El agua se deslizaba desde las azoteas de los edificios hasta las aceras, mojando las fachadas y formando riachuelos por los lados de la carretera. Los coches salpicaban agua sucia a cualquiera que caminase demasiado cerca de ellos. Las gotas de lluvia ensuciaban los cristales de los escaparates, formando delgadas líneas que se movían como dibujando relámpagos.
Prefería la tormenta. La tormenta que llega, descarga y se va. La tormenta con su fuerza y con su furia. Con sus rayos y sus truenos. La tormenta con toda su electricidad, su ruido y su belleza. No podía con la calma, la calma gris de horas de agua cayendo, lenta, despacio, como repartiéndose. Gris y envuelta en niebla. Calma triste.

25.2.03

Siempre me ha llamado la atención la imagen de los tres monos sabios. El mono que se tapa los ojos, para no ver nada malo, el que se tapa los oídos para no oír nada insolente y el que se tapa la boca para no que nada infame salga de ella. Y me pregunto, si el monito no ha visto jamás nada malo, ni ha oído nada perjudicial, qué miedo debe tener que le haga tapar su boca??

19.2.03

Algunas veces se sentía como Penélope. Sentía que se pasaba media vida tejiendo su alrededor y la otra media deshaciendo lo que había tejido.
Algunas noches se sentía la elegida de las musas que le narraban bellas palabras (y hacían brillar la estrella de su frente) y otras noches como el ser más perdido en el infierno que ni siquiera hallaba las palabras para compadecerse.
Por eso algunos días era feliz, como los seres que de nada se preocupan (o como los niños) y otros días lloraba lágrimas frías sin saber siquiera porqué lo hacía.
Pero no era tan concreto; habían días felices de lágrimas frías y eso eran días bonitos y habían días de lágrimas frías y besos dulces y también esos días eran bonitos.
Ultimamente solo habían días buenos y felices, por eso cada noche mientras las musas iban y venían sólo tejía su alrededor sin destruirlo, tenía miedo y durante unos instantes algo frío se acercaba a ella como una sombra y la hacía respirar muy hondo.

17.2.03

Me dio por sacar las viejas fotos.

Estuve mirando las de aquel verano, aquellas vacaciones en la playa. El sol. Las sangrías. Las paellas. La sal. El agua cristalina y fría. Las piedrecitas que se clavaban en los pies al salir del mar. Las sombrillas que salían volando cada dos por tres, cayendo siempre sobre aquellas señoras extranjeras dormidas y rojas como gambas.

Eran unas fotografías brillantes, donde predominaban los tonos amarillos y dorados, fotografías del calor y de besos. Según nuestras caras, creíamos que aquella felicidad podía durar siempre.

Las miré una y otra vez, recordando rincones, reviviendo olores, escuchando nuestras propias risas. Así hasta que sentí deseos de romperlas, en pedacitos pequeños, de manera que nunca más pudiesen reflejar todo aquello que ya no volvería, de manera que no pudiesen recordarme que yo ya no era la misma de aquellas fotografías viejas.

Sin embargo, me dio tanta pereza, que volví a meterlas todas en la cajita de las fotos, volví a guardar la caja en el fondo del armario, cerré la puerta del armario con su llave y me senté en el sofá intentando pensar en cualquier otra cosa.

11.2.03

Pinto mis paredes de color verde, porque me da calma, me relaja. Me recuerda al cielo... pero el cielo es azul, me dices. Y qué?, te respondo. A mi el verde me recuerda al cielo. Quizás porque el cielo no es mas que su reflejo en aquel lago, o porque verdes son sus ojos, o porque los sueños alteran los colores.
Pinto mis paredes color verde y dibujo flores, amarillas, como el lilium que alguna vez me regalaste, o como la mimosa, que es mi flor por definición.
Mis paredes parecerán una pequeña selva, inundando con su dulzón aroma todo lo que este cerca. Esconderé algún hada tras las hojas de algún árbol, para que vele mis sueños y sople a mi alrededor mientras duermo, haciéndome soñar con luceros y estrellas, y tal vez, otra vez, contigo.
También, bien escondida, estará la ventana, para que siempre entre aire fresco, para que te asomes desde afuera o para que pueda ver como se aleja tu figura cada vez que intentas alejarte de mi.
Y allí, abajo, oculto entre las ramas del viejo sauce, mirando atentamente, se podrá ver el principio del camino, porque ningún sitio es lo suficientemente acogedor si no hay un camino para poder partir hacia lugares nuevos.

10.2.03

¿Alguna vez has visto cómo al tender la ropa, recién lavada, en las cuerdas, bajo el sol, se desprendía de su humedad un suave vapor, tenue y volátil, que subía, elevándose directamente hacia el azul del cielo?
Esos segundos mágicos los dedico únicamente a pensar en ti. A imaginar si leerás mis palabras y si para ti significaran al leerlas la mitad de lo que para mi significa escribirlas.

6.2.03

Voy ha hacer las maletas, igual me da por viajar un poco. Lo mejor es que viaje hacia dentro de mi misma. Si puedo traigo algo...

5.2.03

Los recuerdos se almacenan en pequeños compartimentos intercomunicados que se alojan, tal vez, en nuestra cabeza, o quizás en nuestro corazón.

Uno de mis primeros recuerdos de cuando era pequeña es estar en mi casa, la que fue mi primera casa, la casa de mis abuelos, en Barcelona. Es estar en esa casa viendo llover. La distancia ahora me parece ridícula, pero, cuando era pequeña, todo lo que veía a través de esa puerta de hierro negro forjado me parecía enorme. Y es esa perspectiva lo que mejor recuerdo, la carretera, enorme y negra, de la que me separaban, además de la sólida puerta, una acera que recuerdo amplia, gris y mojada. Las gotas de lluvia caían al duro suelo, dibujando cada una al caer una bonita salpicadura que no llegaba a apreciarse dada la cantidad de agua que ya mojaba el suelo. Recuerdo estar horas mirando el espectáculo, aunque la magnificación de los recuerdos unida a mi pequeñez tal vez haga que recuerde como horas largas y felices lo que solo fueron unos minutos de una niña entretenida.