Todos los textos que se ponía a escribir comenzaban siempre por tic-tac. En cambio, odiaba los relojes y sabía que el tiempo no existe. Luego dibujaba con palabras historias de colores pastel y de olor a algodón de la feria. Antes de acabar borraba siempre la primera frase que había escrito. Las palabras tenían vida propia y siempre caminaban en dirección contraria a la que ella pretendía.
Le gustaba también hacer listas de palabras. De palabras cortitas y adverbios terminados en mente. Luego miraba su lista y se inventaba cuentitos. Cuentitos que nunca escribía, más que en su cabeza, porque, como todos ya sabemos, la historia habría ido en dirección contraria a la pretendida.
25.1.06
23.1.06
Desperezándote
El día empieza a tener ruido cuando ya llevas horas despierta. Al principio sales a la calle y el sueño lo invade todo. Incluso las paradas de autobús y algunas esquinas siguen dormidas, después de la larga noche.
Pero tú caminas, sólo porque ya te sabes el camino de memoria y no necesitas ningún esfuerzo, también porque el camino es cuesta abajo.
Y el cielo está de ese color entre negro claro y azul oscuro, es bonito. Algunas mañanas se adivinan unas nubes suaves y perezosas que se desplazan lentamente, intentando tapar las últimas estrellas que se resisten a pasar desapercibidas.
Luego está el olor a amanecer. Que es un olor dulce y fresquito; parecido a un polo de fresa, ahora que aún es invierno. Es agradable.
Y la gente, que camina por las calles, va abriendo los ojos y desperezándose en secreto, aprovechando un semáforo o un autobús que se para en medio y les tapa del resto del mundo.
Luego se ponen en marcha los relojes. Muy deprisa, porque se les han pegado las sábanas y ahora no queda otro remedio que correr durante el resto del día...
Tú ya llevas horas despierta y parece que el resto del mundo empieza a ponerse en marcha.
Pero tú caminas, sólo porque ya te sabes el camino de memoria y no necesitas ningún esfuerzo, también porque el camino es cuesta abajo.
Y el cielo está de ese color entre negro claro y azul oscuro, es bonito. Algunas mañanas se adivinan unas nubes suaves y perezosas que se desplazan lentamente, intentando tapar las últimas estrellas que se resisten a pasar desapercibidas.
Luego está el olor a amanecer. Que es un olor dulce y fresquito; parecido a un polo de fresa, ahora que aún es invierno. Es agradable.
Y la gente, que camina por las calles, va abriendo los ojos y desperezándose en secreto, aprovechando un semáforo o un autobús que se para en medio y les tapa del resto del mundo.
Luego se ponen en marcha los relojes. Muy deprisa, porque se les han pegado las sábanas y ahora no queda otro remedio que correr durante el resto del día...
Tú ya llevas horas despierta y parece que el resto del mundo empieza a ponerse en marcha.
16.1.06
Honeysuckle
Las flores del tiempo descansaban en el jarrón de cristal, en la esquina izquierda de la sala.
Las cortinas se hinchaban y deshinchaban siguiendo el ritmo de una música inexistente.
Un olor dulce, meloso, se desprendía, derramándose lentamente, impregnando los alrededores.
Había un espejo sucio en una de las paredes. Un espejo vacío. No reflejaba la luz, que quedaba aprisionada en un rectángulo en el suelo, delante de la ventana abierta; apareciendo y desapareciendo al mismo ritmo que la cortina bailarina...
Un espejo que ni siquiera se atrevía a reflejar el vacío que dejaba tu ausencia.
Las cortinas se hinchaban y deshinchaban siguiendo el ritmo de una música inexistente.
Un olor dulce, meloso, se desprendía, derramándose lentamente, impregnando los alrededores.
Había un espejo sucio en una de las paredes. Un espejo vacío. No reflejaba la luz, que quedaba aprisionada en un rectángulo en el suelo, delante de la ventana abierta; apareciendo y desapareciendo al mismo ritmo que la cortina bailarina...
Un espejo que ni siquiera se atrevía a reflejar el vacío que dejaba tu ausencia.
9.1.06
¿Por qué esas flores raras crecen en las aceras para ti?
Hay un cristal roto, en la habitación que siempre está cerrada. Hay una corriente de aire, que mueve todos aquellos papeles que están por el suelo. Todas las poesías que nunca acabaste, y las fotos que han perdido el color. (Parecemos todos mucho más viejos, en esas fotos. Y estamos tristes, aunque no sabíamos nada de lo que aún tenía que pasar.) A veces se oye cómo el viento juega con todos los objetos que quedaron esparcidos por el cuarto. Otras veces, sólo se oye el silencio. Un silencio que pesa. Alguien debería encargarse de hacer arreglar ese cristal que sigue roto.
2.1.06
Vamos a Tombuctú...
Quiero que alguien me regale una tiara de brillantes falsos, ponérmela sobre la cabeza y andar por el año nuevo como una reina (con zapatos de Dorothy, siguiendo baldosas amarillas).