29.8.03

Y vino el viento a llevarse el calor...

Todo el mundo dormía ya. Apagó la luz de su habitación y salió de ella. Recorrió el pasillo, cruzó el comedor y llegó a la cocina. Todas las luces apagadas. Solo se distinguían las siluetas de los muebles, gracias a la tenue luz que llegaba de la calle.
Abrió la nevera, iluminándose a si misma, mientras vertía un poco de agua fresca en un vaso de cristal de los de toda la vida. Y con su vaso de agua en la mano, otra vez en total oscuridad, tanteando entres sus recuerdos para no tropezar en el camino, salió al balcón y se sentó en la silla.
La noche había cubierto el mundo, al menos su trocito de mundo. Algunas estrellas marcaban puntos fijos, formando esas figuras que pueden ser cualquier cosa (más aún que las figuras que forman las nubes, que suelen ser frecuentemente conejitos de trapo, corazones de amor o cualquier otra delicadeza, de todos es sabido...)
La luna debía andar escondida detrás de algún edificio, esperando a que todos durmieran para salir vergonzosa a pasear la noche.
Sentada en la silla, se acabó el vaso de agua fría. Luego, no se sabe el tiempo que pasó, embobada, mirando como el viento, leve, suave, jugaba distraídamente a mover la ropa colgada en los tendederos de los edificios de su barrio.

26.8.03

Titulame

Compró otra de aquellas libretas porque necesitaba escribir aquella tarde. Las libretas que tenia en casa eran muchas, muchísimas. Pero ahora no estaba en casa. Además el bolígrafo azul, el mismo que él le regaló, descuidadamente, una de las innumerables mañanas, se movía inquieto dentro del bolso, como si tuviera millones de cosas que contar. Tuvo que entrar en la tienda y comprar una nueva libreta. Luego la guardaría con las muchas, muchísimas, que sólo tenían escritas las 4 ó 5 primeras páginas.

Aunque cambien las fases de la luna...

El día que se quedó sin inspiración, tuvo que buscar detenidamente en su memoria y dedicarse a escribir historias con trocitos de historias que ya tenía escritas, de antes. Intentó algo decente y cuando terminó y lo leyó se dio cuenta de que todo, siempre, había sido lo mismo. Las mismas palabras para el mismo dolor. Las mismas dudas para la misma lluvia. El mismo sueño para la misma hoja en blanco...

23.8.03

Antes de dormir

Había pegado en el techo de su habitación un montón de estrellitas, fluorescentes, que brillaban en la oscuridad. Le gustaba cerrar la puerta, que la comunicaba con el mundo, y abrir la ventana, que dejaba entrar el aire de la noche; luego, en total oscuridad, se tumbaba boca arriba sobre la cama, se quedaba observando su techo rutilante, su universo particular, yo todas y cada una de las noches se dormía mientras esperaba que una estrella fugaz apareciese para poder así pedirle un deseo.
Una noche le pareció ver una, cerró los ojos con fuerza y deseó con más fuerza aún. A la mañana siguiente no supo distinguir si aquello había sucedido o simplemente lo había soñado.

20.8.03

Calma

Los días transcurrían tan lentos como el amarillear de las hojas. Hojas que morían de calor, perdiendo poco a poco el verde brillante que las había vestido hasta unos días antes. Acababan cayendo en la acera. Esperando las patadas de los niños que jugaban a desordenarlas.
El sol amenazaba con secar las orillas del mar, evaporando la línea sutil que dejaban las olas al retirarse.

18.8.03

Paraphernalia

Abrió la ventana y sacó la cabeza por ella. Aspiró tan fuerte como pudo, intentando robarle a la madrugada el olor a tierra mojada que habían dejado las últimas lluvias. Miró las últimas estrellas que le quedaban a la noche y guardó sus sueños a medio soñar. Antes de salir corriendo hacia los trenes agarró la libreta de tapas rojas y el boli negro por si se le ocurría algo que escribir durante el camino. Antes de salir se miró al espejo y se asustó un poco a ver que, hoy más que otros días se parecía a ella.

13.8.03

El sol es una estufa de butano

Hacia tanto, tanto calor, que los pensamientos nacian espesos y, la mayoria de las veces, se derretian antes de acabar de tomar forma definida.

6.8.03

Primera vez

Recuerdo con frecuencia aquella habitación oscura. Me recuerdo apoyada, de espaldas, en aquella puerta. Recuerdo los sonidos y los olores. Te recuerdo a ti, porque aquella habitación oscura es un poco donde encontré tu alma.
Te recuerdo y me dueles, como me has dolido siempre. Como la noche que pasé contando ventanas que veía desde aquella habitación, sabiendo que dormías, en absoluta calma, a unos metros de mí.